El juicio de Paris es una historia de la mitología griega en la cual se encuentra el origen mítico de la guerra de Troya. Paris es el príncipe troyano que raptó a Helena.

Es uno de los episodios más conocidos del relato según el cual, Eris, la Diosa de la discordia, molesta por no haber sido invitada, se presenta en la boda de Peleo y deja una manzana dorada con la frase “para la más bella”. Tres de las Diosas presentes,  HeraAtenea Afrodita se pelean por la manzana, por lo que Zeus escoge como juez para dirimir la disputa al príncipe pastor de Troya, Paris. Las tres Diosas intentan sobornarlo ofreciéndole distintos dones, pero al final elige a Afrodita, que le había prometido el amor de la mujer más bella del mundo. Esta mujer es la esposa del rey Menelao, Helena, que se enamora de Paris, quien la rapta llevándosela a Troya, lo que provoca la venganza de Menelao, desencadenando la guerra de Troya.

Entre las muchas representaciones pictóricas de esta historia se encuentran el cuadro pintado por Lucas Cranach el Viejo (expuesto en el Museo Metropolitano de Nueva York​), más los célebres cuadros de Rubens, incluyendo aquellos en la National Gallery de Londres (El juicio de Paris, de 1636) o en el Museo del Prado (El juicio de Paris, de 1639).

Fuentes

Como con muchos relatos mitológicos, los detalles varían de una fuente a otra. La historia es mencionada con indiferencia por Homero (Ilíada, XXIV, 25-30) como un elemento mítico con el que sus oyentes estaban familiarizades, y fue desarrollada en las Ciprias, una obra perdida del ciclo troyano, de la que sólo se conservan fragmentos. Es narrada con más detalle por  Ovidio (Heroidas, xvi.71ff, 149-152 y v.35f), Luciano (Diálogos de los dioses, 20)Higino (Fábulas, 92), todos ellos posteriores y con agendas escépticas, irónicas o popularizadoras. Eurípides lo menciona en algunas de sus tragedias (Andrómaca, 284Helena, 676). Pero apareció sin palabras sobre el cofre votivo de marfil y oro del tirano del siglo VII a. C. Cípselo en Olimpia, que era descrito por Pausanias con

Hermes llevando a Alejandro el hijo de Príamo las diosas cuya belleza ha de juzgar, siendo la inscripción sobre ellos: «Aquí está Hermes, quien indica a Alejandro que debe decidir sobre la belleza de Hera, Atenea y Afrodita.» Descripción de Grecia, V.19.5

Este tema fue del agrado de les pintores de cerámica de figuras rojas tan temprano como el siglo VI a. C.​

El mito

El mito comienza con las bodas de Tetis y Peleo. Así las describiría el autor romano Ovidio en sus Metamorfosis:

En efecto, el anciano Proteo había dicho a Tetis: “diosa del mar, concibe; serás madre de un joven que en sus años de fortaleza superará las hazañas de su padre y será llamado más importante que él”. Así pues, para que el mundo no tuviese nada mayor que Júpiter, aunque en su pecho había sentido unos fuegos nada tibios, Júpiter evitó la unión con la marina Tetis y ordenó a su nieto el Eácida que los sustituyera en sus deseos y que vaya a unirse a la doncella marina[…] Allí se adueña de ti Peleo, cuando yacías vencida por el sueño y, puesto que tú, pretendida con súplicas, lo rechazas, intenta la violencia anudando tu cuello con ambos brazos; y, si no hubieses recurrido a tus acostumbradas artes cambiando muy a menudo tu figura, él habría salido victorioso en su osadía; pero tú unas veces eras un ave (sin embargo, él sujetaba el ave), otras eras un pesado árbol: Peleo se adhería al árbol; la tercera forma fue la de una moteada tigresa: aterrorizado el Eácida soltó aquellos brazos del cuerpo. Y éste adora a los dioses del mar con vino vertido sobre las aguas con entrañas de ganado y con humo de incienso, hasta que el vate de Cárpatos le dijo desde la mitad del abismo: “Eácida, conseguirás la boda deseada; tú al punto, cuando descanse dormida en la helada cueva, sujétala sin que se dé cuenta con lazos y con una fuerte cadena. Y que no te engañe adoptando cien figuras, antes bien oprime tú cualquier cosa que sea hasta que vuelva a adquirir la forma que fue antes”. Estas cosas había dicho Proteo y escondió su rostro en el agua y lanzó sus olas sobre las últimas palabras. Titán estaba próximo al ocaso y ocupaba el mar Hesperio con el carro que había descendido, cuando la hermosa nereida, abandonando el mar, penetra en su acostumbrado lugar de descanso. Apenas se había adueñado Peleo de los miembros virginales, ella adopta nuevas formas, hasta que se da cuenta de que sus miembros están sujetos y sus brazos extendidos en diferentes direcciones; entonces por fin lanzó un gemido y dice: “Vences no sin la voluntad de los dioses”, y se mostró como Tetis. El héroe abraza a la que se declara vencida, y se adueña de sus deseos y la llena del gran Aquiles.

Eris o Eride, la Diosa de la Discordia, molesta por no haber sido invitada a las bodas de Peleo, a la que habían sido convidadas todas las deidades, urdió un modo de vengarse sembrando la discordia entre les invitades: se presentó en el sitio donde estaba teniendo lugar el banquete, y arrojó sobre la mesa una manzana de oro, que habría de ser para la más hermosa de las damas presentes. Tres Diosas, Atenea (Minerva), Afrodita  (Venus) y Hera (Vesta), se disputaron la manzana produciéndose tan gran confusión y disputa, que hubo de intervenir el padre de todas los deidades, Zeus (Júpiter en la mitología romana).

Zeus decidió encomendar la elección a un joven mortal llamado Paris, que era hijo del rey de Troya. El dios mensajero, Hermes  (Mercurio), fue enviado a buscarlo con el encargo del Juicio que se le pedía; localizó al príncipe-pastor y le mostró la manzana de la que tendría que hacer entrega a la Diosa que considerara más hermosa. Precisamente por eso lo había elegido Zeus; por haber vivido alejado y separado del mundo y de las pasiones humanas. Así, se esperaba de él que su juicio fuera absolutamente imparcial.

Cada una de las Diosas pretendió convencer al improvisado juez, intentando incluso sobornarlo. La Diosa Hera, esposa de Zeus, le ofreció todo el poder que pudiera desear, o, también, el título de Emperador de Asia; Atenea, Diosa de la inteligencia, además de serlo de la guerra, le ofreció la sabiduría o, según otras versiones, la posibilidad de vencer todas las batallas a las que se presentase; Afrodita, le ofreció el amor de la más bella mujer del mundo. Se distinguen varias versiones sobre la desnudez o no de las Diosas: una primera que indica que todas se desnudaron para mostrar así su belleza al mortal; una segunda que indica que únicamente lo realizó Afrodita para demostrar así su belleza; y una última que niega esta posibilidad del desnudo de las Diosas.

Paris se decidió finalmente por Afrodita, y su decisión hubo de traer graves consecuencias para su pueblo, ya que la hermosa mujer por la que Afrodita hizo crecer el amor en el pecho de Paris, era Helena, la esposa del rey de Esparta, Menelao; en ocasión del paso de Paris por las tierras de este rey, y después de haber estado una noche en su palacio, Paris raptó a la bella Helena y se la llevó a Troya.

Esto enfureció a Menelao y éste convocó a la realeza aquea como Agamenón, su hermano, que fue nombrado comandante en jefe; Odiseo, que, inspirado por Atenea, fue el que ideó el caballo de madera con el que la expedición aquea pudo por fin tomar Troya y Aquiles, entre muches otres, para ir a recuperar a Helena o, si fuese necesario, pelear por ella en Troya, hecho que glosa Homero en la Ilíada.

Interpretaciones

El relato puede ser visto como una serie racionalizada de causas y consecuencias episódicas que ha sido desarrollada para encajar dentro de un marco temporal humano y para explicar un momento de epifanía que ocurre fuera del tiempo, un momento suspendido que el Arte intentó recapturar en un icono: un mortal felizmente afortunado se enfrenta a una trinidad de Fiosas y un regalo trascendente, la «manzana», es intercambiado. El relato parece ser el resultado de interpretar una imagen icónica arcaica representando el momento extático, que lógicamente debe haber sido precedido por la historia inventada para explicarlo. En el nivel cultural arcaico anterior al relato, regalos de este tipo, como la granada que la Diosa ofrece en los sellos minoicos, proceden de la Diosas. El relato clásico del Juicio de Paris es un ejemplo de inversión mítica, en la que la manzana pasa a ser de él para recompensar. Alternativamente, visto puramente como narrativa, tal como se relata en la Mitología de Bulfinch, es simplemente un episodio amoral en el que la causa de una sangrienta guerra gira en torno a una aventura trivial, para deshonor del imperio griego.

El mitema del Juicio de Paris ofreció naturalmente al Arte patriarcal la oportunidad de retratar tres mujeres desnudas idealmente hermosas, como en una especie de concurso de belleza, pero el mito, al menos desde Eurípides, trata más sobre la elección de los dones que cada Diosa personifica: el subtexto del soborno es irónico y un ingrediente posterior.

En cada alusión al Juicio de Paris o versión del mismo, un aspecto de la estancia de Paris como pastor exiliado que nunca se relaciona con la explicación del momento crucial es su relación con la nutricia Ninfa del monte Ida: Enone.

Representaciones

Marcantonio Raimondi - Juicio de ParisRaffaello Sanzio

El juicio de Paris es una obra perdida de Rafael Sanzio, un fresco conocido a través de los grabados de Marcantonio Raimondi (1514-1518), uno de los cuales se reproduce en la imagen de la ficha.

El tema es uno de los más representados de la historia del arte, con ejemplos de pinturas de épocas tan variadas como el Renacimiento, el Barroco o pintores del siglo XX.​

La mitad derecha del fresco de Rafael inspiró a Manet para Le Déjeuner sur l’Herbe en 1863.​ En cuanto al espejo de la vista lateral izquierda, inspiró a Picasso en 1906-1907 para Las señoritas de Avignon.

Tabla del Juicio de Paris, de Raffaello Sanzio

Botticelli

El Juicio de Paris es una pintura producida por el taller de Sandro Botticelli y terminada hacia 1485. En su elaboración pudo haber participado Jacopo di Domenico.​ El cuadro es actualmente propiedad de la Fundación Giorgio Cini,​ de Venecia.
Tabla del Juicio de Paris, de Sandro Botticelli

Descripción

Se trata de una tabla de 81 x 197 cm pintada al temple.​ Por su aspecto general, el fondo debió de cubrirse previamente de una capa cerúlea sobre la cual se sobrepondrían después los objetos y las figuras;​ el cielo y el mar dejan entrever gran parte de esa tonalidad. La mitad inferior de la tabla está dominada por los verdes de la hierba y las plantas; el blanco y el rojo de parte de los ropajes de las figuras destacan llamativamente sobre el contexto general.

Jucio de Paris. De Sandro BotticelliHorizontalmente, la pintura puede dividirse en dos mitades de extensión semejante. La parte derecha está ocupada por el protagonista masculino del episodio (que tiene en su mano una esfera dorada con una inscripción) y sus animales: dos perros, un hatajo de cabras y ovejas, y una cabeza de bovino. Detrás, cuelgan de una rama la cantimplora y el zurrón del pastor. Más lejos, en un suave montículo, se abre la entrada a una gruta. Al fondo, se ve una mar en calma sobre la que reposa un barco con sus velas plegadas. En el extremo derecho, se distingue una ciudad costera. En la parte izquierda destacan las tres figuras femeninas: dos miran hacia el pastor mientras que una de ellas, en cambio, vuelve su rostro hacia el lado contrario y fija la atención en una de sus compañeras. Más a la izquierda, corre un arroyuelo al que acuden dos garzas negras. Detrás, en la bahía, pueden verse dos naves amarradas y, sobre la costa, la estructura de otras dos en construcción. Más al fondo, se divisa otra ciudad.

Significado convencional

La pintura representa el episodio mitológico conocido como Juicio de las Diosas. Paris, mientras apacienta sus animales en el monte Gárgaro, recibe la visita de AfroditaHera Atenea; el príncipe pastor debe decretar cuál de las tres Diosas es digna de recibir la manzana de oro que la declare como la más hermosa. En la esfera, puede leerse la inscripción PULCHRIORI DETUR. (‘a la más hermosa se dé,’ adaptación medieval, poco correcta gramaticalmente, del griego καλλίστῃ, que en latín clásico sería PULCHERRIMÆ).​

En la escena del cuadro, Paris parece estar ofreciendo ya el codiciado premio; se podría decir que Afrodita es la figura vestida de blanco, la más cercana a Paris y que casi roza con sus dedos la esfera dorada; si fuera así, quizás la figura del manto verde fuese Hera, que mira a Atenea, la más alejada del pastor y más joven en apariencia.

La suave loma representa el monte Gárgaro, en el que pastoreaba Paris cuando las Diosas se presentaron ante él. El bóvido puede ser un recuerdo del toro de Agelao con el que el príncipe troyano ganara tantos combates. El arroyuelo que discurre a la izquierda de la escena podría identificarse con el río Escamandro, que se relaciona con el mito en algunos relatos. La ciudad antigua del fondo a la izquierda puede entenderse como una representación de Troya pues, en ella, se distinguen claramente varios edificios idénticos a los de Roma, la Nueva Ilión: de izquierda a derecha, el Arco de Constantino –parcialmente representado–, las Termas de Diocleciano, el Coliseo, la Torre delle Milizie –duplicada–, el Panteón y la Columna Trajana. La ciudad de la derecha, de arquitectura moderna, en cambio, no puede relacionarse con Esparta; tan solo se podría colegir que se trata de una importante capital marítima.

Significado intrínseco

Desde la segunda mitad del siglo XV, el Juicio de Paris se había convertido en un motivo utilizado por el Arte para elogiar la prudencia y la inteligencia de sus mecenas. Marsilio Ficino fue uno de les primeres en recurrir a este tópico en una alabanza a Lorenzo de Médicis, del que dijo que, a diferencia del troyano, el príncipe florentino no había descartado a ninguna de las tres Diosas y que, por eso, había recibido de Palas la sabiduría, de Hera el poderío y de Afrodita la gracia.​

Sin embargo, este cuadro interpreta el episodio de un modo un tanto inusual. Si bien es cierto que en la primera parte del  Cuatrocientos era habitual representar a las Diosas vestidas,​ Botticelli podría haber pintado a las tres Competidoras desnudas: así aparecería la Diosa chipriota en su Nacimiento de Venus; también Cloris y las Gracias de la Primavera mostraban, bajo unas sutiles transparencias, sus cuerpos; en la Calumnia de Apeles, la Verdad se presentaría sin ropaje alguno pese a que la pintura se realizó en pleno régimen savonarolense.

Mientras que el protagonista masculino es caracterizado como un pastor con su tirso, las figuras femeninas no se acompañan de sus atributos habituales: no vemos ni el yelmo o la lanza de Atenea ni el pavo real de Hera; ningún amorcillo alado aparece junto a Afrodita. Así, resulta objetivamente imposible decidir con qué Diosa puede identificarse cada una de las tres. Por otro lado, las dos figuras de la izquierda muestran unos rasgos faciales precisos, nítidos: como en otras pinturas de Botticelli, podrían ser retratos de dos coetáneas suyas.​ En cambio, la figura más próxima al pastor, aunque por su postura y apariencia también es característica del taller del maestro florentino, presenta un rostro mal definido –incluso se podría decir que algo desfigurado. Pueden proponerse, al menos, dos hipótesis para explicar esta llamativa divergencia: es posible que la faz de la Diosa de blanco no fuese completada por Botticelli, sino por une de sus ayudantes menos diestres; o bien, podría haberse cubierto el rostro original –que habría sido también un retrato como en los casos de sus dos acompañantes– por una imagen genérica, impersonal, de taller (para confirmar o desmentir el supuesto pentimento sería necesario un examen minucioso de la tabla).

Tampoco deben pasarse por alto las vestiduras y ornamentos de las Protagonistas. Las dos figuras de la izquierda se cubren con sendas túnicas; sus ropas son de colores vivos. Ambas llevan collares idénticos: están formados por pequeñas cuentas esféricas de coral; de la sarta principal, pende un dije de varias piezas de azabache. La Diosa más cercana al joven, en cambio, no cubre con ningún manto su vestido blanco; su collar es, además, diferente a los de sus dos Competidoras. La diferencia de los ropajes y adornos entre la primera figura y las otras dos parecen sostener la suposición de que la Diosa más cercana a Paris sea Afrodita.

Sin embargo, los gestos de les personajes parecen proponer otra solución. La figura femenina más próxima a la esfera dorada no busca la mirada del pastor sino que fija la vista en la manzana de la discordia; por su parte, la Diosa del centro, mientras pretende con la mano izquierda el codiciado objeto, vuelve en cambio su rostro hacia la Compañera que tiene a su derecha. En realidad, solo la joven Diosa de la túnica roja mira directamente al pastor y solamente Ella no alarga la mano hacia el premio, sino que la posa suavemente en su pecho para señalar su propia persona. El pastor, desde luego, no pone los ojos en la Diosa que tiene al lado: su mirada se dirige a lo lejos, hacia la Única que fija la vista en él.

Si la figura más lejana, y no la más próxima, fuese la elegida por el pastor, serían más comprensibles la indefinición del rostro de la dama de blanco, la atención de la segunda figura femenina hacia su Competidora, el gesto de identificación de la joven Diosa envuelta en el manto rojo y el intercambio de miradas entre Ella y el pastor. Siguiendo este razonamiento y teniendo en cuenta todas las particularidades que apartan al cuadro de otras representaciones más habituales del episodio mitológico, podríamos aventurar la hipótesis de que, en realidad, el Juicio de Paris de Botticelli sea, más bien, una variación del tema clásico. Al menos dos de las figuras femeninas no debieran considerarse Diosas sino, simplemente, mortales, coetáneas del pintor, probablemente hermanas –de ahí que vistan de un modo similar y lleven collares idénticos. El pastor tampoco debe identificarse plenamente con Paris: solo se le asemeja en que, como el príncipe troyano, debe elegir entre tres mujeres (de hecho, el rostro del personaje masculino también podría ser un retrato).

La obra podría haber sido, pues, la celebración de una promesa matrimonial en la que los novios, representados como el pastor y la joven de la túnica roja, se asimilasen a dos de los personajes del mito. Avalaría también esta hipótesis la guirnalda que adorna la cabeza del protagonista.

Rubens

El juicio de Paris (Le Jugement de Pâris) es un óleo del pintor Pedro Pablo Rubens, generalmente considerado uno de sus últimos trabajos. Mide 199 cm de longitud y 379 de anchura. Se conserva en el Museo del Prado, Madrid.

Tabla del Juicio de Paris de Pedro Pablo Rubens

Descripción

A lo largo de su carrera, Rubens pintó varias versiones de este tema; una juvenil de formato reducido se conserva también en el Prado, y otra se halla en la National Gallery de Londres. La que nos concierne, la última, fue pintada hacia 1638, cuando el artista estaba enfermo de gota.

La obra le fue encargada por Felipe IV de España con mediación del cardenal-infante Fernando de Austria, hermano de dicho rey y gobernador de los Países Bajos, para la decoración del desaparecido Palacio del Buen Retiro (Madrid). Se cuenta que éste visitó el taller de Rubens y al ver la obra, afirmó: «Es de lo mejor de su arte, pero las Diosas están demasiado desnudas, y dicen que la figura de Venus es retrato de su mujer».​

En el siglo XVIII, Carlos III ordenó su quema por considerarlo impúdico, junto con otras pinturas de desnudo como Adán y Eva de Durero. Finalmente el rey accedió a conservar todas, a condición de que se recluyesen en salas de acceso restringido en la Academia de San Fernando. En el siglo siguiente, esta y otras obras se trasladaron al Prado.

El juicio de Paris, Peter Paul Rubens, ca. 1638 - 1639. (Museo del Prado. Madrid)Rubens trata aquí el episodio mitológico en un formato apaisado, de tal manera que las figuras parecen formar un friso. Sentado en el tronco de un árbol, aparece el pastor Paris, quien tiene que elegir a la Diosa más bella del Olimpo, con el aspecto dubidativo propio de tan difícil tarea. Le sostiene la manzana de oro que constituye el premio el dios Hermes, con el caduceo y el petaso; se muestran ante ellos las tres Diosas contendientes, de izquierda a derecha: Atenea, Diosa guerrera y de la sabiduría, con las armas que la caracterizan en el suelo y envuelta en un rozagante velo de seda plateada; Afrodita, la Diosa del amor, en el centro, envuelta en un paño color carmesí y con su hijo Cupido a los pies y un amorcillo volador que muestra cuál será el veredicto, pues se dispone a coronarla mientras dirige una mirada cómplice a le espectadore; y finalmente, Hera, la Reina del Olimpo como esposa de Zeus, representada de espaldas, mientras se desprende del rico manto de terciopelo morado recamado en oro que la cubre, en una bella postura serpentinata y con un pavo real, su atributo, posado en la rama de un árbol cercano.

Al fondo se aprecia un rebaño de ovejas y un apacible paisaje crepuscular con árboles y praderas. Destaca en el cuadro tanto la composición, cruzada de diagonales y ritmos contrapuestos de tal manera que se evita cualquier sensación de rigidez, como la belleza del color, la insistencia en el desnudo, contrastando la blancura de la piel de las Diosas con la tez morena de los personajes masculinos; y la atención a los detalles, como el brillo de las armas, de las joyas o los diferentes tipos de telas que cubren a las Diosas, representados fielmente.

Enrique Simonet

El Juicio de Paris es una pintura al óleo del mito griego del Juicio de Paris.​ Fue pintado en 1904 por Enrique Simonet, un pintor español, y es uno de los muchos trabajos que describen esta escena mitológica. La composición es de 3,31 por 2,15 metros. Está expuesto en el Museo de Málaga.

Tabla del Juicio de Paris, de Enrique Simonet

El juicio de Paris. Pintura de Enrique Simonet de 1904 (Museo de Málaga)Representación

La escena representa a las Diosas Hera Atenea con ropas griegas y Afrodita desnuda, todas representadas como la esposa de Simonet, en diferentes posturas y tonalidades, que solía hacer de modelo y musa. El resto de los personajes, el dios Eros (con alas de mariposa) y el príncipe Paris (que viste piel de leopardo), estaban inspirados en los hijos del pintor, Enrique y Ramón.​ El ambiente es totalmente bucólico, locus amoenus, lleno de animales y plantas en el campo.

Un pavo real abre su cola dando protagonismo y realce a Afrodita, que según el mito se convertirá en la elegida por Paris.

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